Hay momentos en los que sabemos perfectamente lo que nos convendría hacer.
Comer un poco mejor. Movernos más. Organizar las comidas. Dormir mejor. Dejar de picar constantemente. Volver a una rutina que nos haga sentir mejor.
El problema muchas veces no está en saberlo.
El problema aparece cuando intentamos mantenerlo durante semanas o meses.
Empezamos con ganas, hacemos cambios durante unos días y, poco a poco, volvemos a nuestras costumbres anteriores. Entonces pensamos que nos falta fuerza de voluntad o que simplemente no somos constantes.
Pero mantener un hábito suele ser bastante más complejo que saber qué deberíamos hacer.
Saber qué hacer no significa que sea fácil hacerlo
Hoy tenemos acceso a una enorme cantidad de información sobre alimentación, ejercicio y bienestar.
Podemos encontrar consejos, recetas, rutinas y recomendaciones prácticamente para cualquier objetivo.
Y aun así, saber qué hacer no siempre consigue que lo hagamos.
Porque los hábitos no dependen únicamente de la información.
También dependen de nuestros horarios, del cansancio, de las responsabilidades, de las personas que nos rodean y de las rutinas que llevamos repitiendo durante años.
Por eso puede haber una gran diferencia entre pensar:
“Sé que debería hacerlo.”
y conseguir que ese comportamiento forme parte de nuestra vida cotidiana.
A veces queremos cambiar demasiadas cosas a la vez
Cuando decidimos volver a cuidarnos es fácil dejarnos llevar por el entusiasmo.
Queremos comer mejor, empezar a hacer ejercicio, beber más agua, dejar de picar, dormir ocho horas y organizar todas las comidas.
Y queremos hacerlo todo desde el lunes.
Durante unos días puede funcionar.
Pero mantener tantos cambios simultáneamente requiere mucha atención y esfuerzo. En cuanto aparece una semana complicada, es fácil que la estructura empiece a caer.
Por eso nosotros preferimos empezar de otra manera.
En lugar de preguntarnos todo lo que podríamos cambiar, puede ser más útil preguntarnos:
¿Cuál es el cambio más sencillo que puedo empezar a mantener ahora?
Cuando algo empieza a formar parte de tu rutina, puedes avanzar hacia el siguiente paso.
No necesitas transformar toda tu vida en una semana.
La motivación no siempre está disponible
Cuando empezamos algo nuevo solemos sentirnos motivados.
Tenemos un objetivo, estamos ilusionados y sentimos que esta vez vamos en serio.
Pero la motivación cambia.
Hay días en los que estamos llenos de energía y otros en los que hemos trabajado demasiado, dormido poco o simplemente no tenemos ganas de hacer nada.
Si nuestros hábitos dependen únicamente de sentirnos motivados, será difícil mantenerlos.
Las rutinas pueden ayudarnos precisamente porque reducen la cantidad de decisiones que tenemos que tomar.
Salir a caminar determinados días, preparar algunas comidas con antelación o tener en casa opciones sencillas puede hacer que cuidarnos dependa un poco menos de cómo nos sentimos en ese momento.
La vida real no siempre sigue nuestros planes
Podemos organizar una semana perfecta y el miércoles recibir una llamada que lo cambia todo.
Trabajo.
Familia.
Una comida inesperada.
Un viaje.
Una noche en la que dormimos mal.
Una semana especialmente complicada.
El problema no es que ocurran estas cosas. Van a ocurrir.
El problema aparece cuando pensamos que, porque nos hemos salido del plan, ya hemos perdido todo el progreso.
Comemos algo que no teníamos previsto y pensamos:
“Bueno, ya que hoy no lo he hecho bien, empiezo otra vez el lunes.”
Y un momento concreto termina convirtiéndose en varios días.
Aprender a mantener hábitos también significa aprender a retomar.
La siguiente comida puede volver a ser normal.
Al día siguiente puedes volver a caminar.
Puedes reorganizarte sin necesidad de empezar desde cero.
La perfección puede convertirse en un obstáculo
A veces nuestra propia exigencia hace que mantener los cambios sea más difícil.
Pensamos que cuidarnos significa hacerlo todo bien.
Pero una forma sostenible de cuidarse tiene que permitir también días diferentes.
Comidas fuera de casa.
Celebraciones.
Vacaciones.
Épocas con menos tiempo.
Si nuestro plan solo funciona cuando todo está perfectamente organizado, será difícil mantenerlo durante años.
Nos parece más realista buscar una manera de cuidarnos que pueda convivir con nuestra vida, en lugar de intentar adaptar toda nuestra vida a un plan perfecto.
Nuestro entorno influye más de lo que pensamos
La fuerza de voluntad ayuda, pero el entorno también tiene mucho peso.
Imagina dos situaciones.
Llegas a casa cansado y tienes que pensar desde cero qué preparar para cenar.
O llegas a casa y ya tienes algunos alimentos preparados y una idea sencilla de qué vas a comer.
La decisión es mucho más fácil en el segundo caso.
Lo mismo puede ocurrir con la actividad física.
Si tienes decidido cuándo vas a caminar o has quedado con alguien, probablemente será más fácil hacerlo que si cada día tienes que encontrar el momento perfecto.
Muchas veces mejorar nuestros hábitos no consiste solamente en intentar esforzarnos más.
También consiste en poner las cosas un poco más fáciles.
Los cambios pequeños también cuentan
Cuando queremos obtener resultados tendemos a valorar únicamente los grandes cambios.
Pero caminar veinte minutos puede ser mejor que esperar semanas hasta encontrar tiempo para entrenar una hora.
Preparar tres comidas de la semana puede ser mejor que intentar organizar siete días completos y abandonar.
Reducir poco a poco determinados picoteos puede ser más sostenible que intentar eliminarlos todos de golpe.
Los pequeños cambios pueden parecer poco importantes al principio.
Pero cuando se repiten durante suficiente tiempo empiezan a construir algo mucho más valioso:
una rutina.
Constancia no significa hacerlo siempre bien
Para nosotros, la constancia no significa cumplir un plan perfectamente todos los días.
Significa volver.
Volver después de unas vacaciones.
Volver después de una semana complicada.
Volver después de una comida diferente.
Volver cuando llevas unos días con menos ganas.
Y cuanto antes aprendes a volver, menos importancia tienen esos pequeños momentos en los que las cosas no salen como habías previsto.
En nuestro primer artículo hablamos precisamente de algunos cambios sencillos que pueden ayudarte a empezar. Puedes leerlo aquí: [Cómo empezar a cuidarte después de los 40: 7 hábitos realistas que puedes mantener].
A veces hacerlo acompañado facilita el proceso
Hay personas que tienen muy claro qué quieren hacer y solo necesitan empezar.
Otras sienten que necesitan un poco más de estructura.
Tener alguien con quien revisar lo que estás haciendo, resolver dudas o adaptar algunos cambios cuando aparecen dificultades puede hacer que el proceso resulte más sencillo.
No porque alguien tenga que hacerlo por ti.
Sino porque puede ayudarte a mantener una dirección cuando tu rutina se complica.
En Pilar & Carles creemos que cada persona necesita encontrar una forma de cuidarse que encaje con su propia vida.
¿Te cuesta saber por dónde empezar o mantener la constancia?
Si quieres que conozcamos tu situación, tus hábitos actuales y lo que te gustaría mejorar, podemos empezar con nuestro estudio nutricional personalizado.
Durante aproximadamente una hora hablaremos contigo sobre tu situación actual para valorar qué cambios pueden resultar más realistas para ti.

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